Google+

Apertura de la reunión de los Grupos Focales

Recuerdo que cuando celebré las bodas de oro en 2011 comenté que la compañía más constante de mi vida ha sido el cambio.

Un año después de ingresar a la vida religiosa, se vendió el edificio del noviciado. Nos trasladaron a un edificio provisorio mientras se construía algo mucho más amplio para albergar a las numerosas jóvenes que ingresaron a la comunidad durante un período breve.

Cursé mis clases en el altillo de la “casa vieja “ como la llamábamos.
Hice la profesión en una capilla sin terminar y me enviaron junto con otras tres hermanas a mil seiscientos kilómetros de allí para iniciar una nueva fundación. Me pusieron al frente de un octavo grado sin que tuviera la menor idea de cómo enseñar.

Poco después de llegar, llegó de visita mi maestra de novicias. Me dio un consejo que siempre recordaré, “Te encuentras en un lugar nuevo. Establecerás tus propias tradiciones.”

A esa altura, ya debería haber comprendido que si había algo llamado vida religiosa ‘normal’, no formaría parte de mi experiencia.

Esa simple afirmación de la maestra de novicias me abrió un mundo –no solamente el mundo de la vida religiosa sino el mundo de la sociedad y de la iglesia. Y me liberó para mantenerme abierta a las posibilidades y el potencial que suelen acompañar el cambio, incluso aquel que no parece vivificador.

Mi intuición es que todos podemos identificarnos con lo que suelen ser grandes huecos entre nuestras expectativas para la vida –la vida religiosa, la vida en general- y la realidad que hemos experimentado.

A menudo omitimos reconocer el mérito de haber permitido que el cambio nos moldeara y nos convirtiera en las personas que somos.

No siempre fue fácil.

Se nos convoca una y otra vez a renovar nuestra comprensión y experiencia de la vida religiosa consagrada.

Día a día se nos convoca a mirar en el mundo donde vivimos con una “mirada profética”.

La Hna. Mercedes Casas dice “el adjetivo ‘profético’ trae a la mente un tipo de actitud: una vida que va al fondo de las cosas mediante preguntas, una perspectiva que penetra la realidad, desestabiliza, transmite esperanza, anticipa, ve más allá, hacia el futuro.”

Los artículos que les enviamos nombran y describen modelos que podrían ser el marco de nuevas formas de vida religiosa.

Independientemente del nombre que les demos, son intentos de describir una transformación que, esperemos, conduzca a expresiones revitalizadas de la vida consagrada.

En su artículo, Refundación de la vida religiosa, Ted Dunn dice,
“Un cambio profundo sacude las ventanas a través de las cuales contemplamos nuestro mundo. Debemos poner entre signos de pregunta nuestra cosmovisión, las formas fundamentales en las cuales entendemos nuestra vida, nuestro mundo, nuestro Dios…”

Nos volvemos a encontrar en el umbral; solo Dios sabe qué tipo de cambio está perfilándose en el horizonte.

Es un momento nuevo. Pero no está aislado de todo lo que ha sucedido antes.

Como también dice Dunn, “si bien el cambio profundo trasciende el pasado, también tiene sus raíces en el pasado, pero de una manera radicalmente nueva.”

El tipo de cambio que parecería sugerir no se encontrará simplemente repasando las raíces históricas de nuestra fundación. Se lo encuentra “analizando nuestro carisma como reflejo de nuestra voz interior colectiva y no meramente la voz de nuestros fundadores”.

¿Qué está diciendo al mundo de hoy nuestra voz interior colectiva (el carisma) que es auténtica y manifiesta la integridad, tal como lo demuestran nuestras acciones?

Venimos desde distintas partes del mundo. No parece haber ningún país que no esté experimentando un desmoronamiento de las estructuras, pérdida de confianza en todo tipo de liderazgo, desintegración política, moral y religiosa. Sea en el gobierno, la iglesia o la sociedad hay una sensación general de pérdida de rumbo.

Nuestros pueblos y nosotras mismas nos encontramos como los israelitas exclamando a Dios:

No tenemos ya ni príncipe, ni jefe, ni profeta, ni holocaustos, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso, ni lugar donde ofrecerte primicias y alcanzar tu misericordia (Dn 3, 38)

A lo largo de la historia de la Iglesia, la voz profética de la vida religiosa ha constituido una luz, un camino hacia adelante.

Queremos y necesitamos que Elizabeth Prout nos acompañe en estos tiempos de incertidumbre y transformación. Ella no era ajena a la incertidumbre, a abrir caminos en territorio desconocido.

La “voz interior colectiva” halló expresión en el tipo de vida religiosa practicada por Elizabeth Prout y sus seguidoras.

En una sociedad y una iglesia donde las mujeres de las clases pobres eran relegadas a los trabajos de mucamas, cocineras, hermanas laicas, Elizabeth percibió el potencial más allá y por encima de las expectativas sociales.

Invitó a las mujeres a vivir una experiencia total de vida consagrada, en comunidad, sin distinción de clases.

Su corazón compasivo se abocó a las necesidades educativas de los niños pobres en las fábricas y fue allí donde decidió invertir su energía y la de su comunidad.

La vivencia del carisma CP por parte de la primera comunidad se reflejó en su vida juntas y en los ministerios que en aquella época clamaban por la misericordia y la compasión de Cristo. Ese es el corazón del carisma CP –nuestra voz interior colectiva.

¿Qué dice nuestra voz interior colectiva (el carisma) a nuestro mundo hoy, voz auténtica e íntegra evidenciada en nuestras acciones?

Esa es la pregunta fundamental.

Elizabeth Prout y nuestra historia no nos permitirán no responder esa pregunta.

“La Vida Consagrada solamente tendrá un futuro si demuestra que es capaz de comprometerse proféticamente con las condiciones críticas de la vida contemporánea” (Arnaiz, José María).

¿Las realidades de hoy son notoriamente diferentes de las de Manchester en el siglo 19?
No se nos pide que ignoremos la realidad concreta del presente.
Pero no podemos permitir que la realidad nos paralice.
¿Dónde estaríamos si Elizabeth Prout hubiera permitido que la realidad la paralizara?

Confió en la voz interior, profética que le permitió aventurarse más allá de los hechos y la realidad que tenía por delante.

Ella, ante todo, comprendió el llamado de Dios a Abraham y los fundadores y fundadoras y sus seguidores a lo largo de la historia de la salvación.
“Sal de tu tierra nativa y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” (Gn 12, 1).

Ella y las hermanas proféticas que nos precedieron están a nuestro lado hoy, en este momento de novedades.

No se nos pide que enterremos el pasado en una nube de nostalgia.
Reconocemos la realidad pasada y presente tal cual fue y es.
Estamos junto a nuestras realidades con alegría pero también dejamos suficiente lugar libre en nuestro pensamiento y soñamos con una nueva visión.

Un buen compañero en este momento es Pedro. Pedro está en la barca que sabe conducir, con los hombres con quienes siempre sale a pescar. En la neblina ve una silueta que se acerca haciendo algo extraordinario –camina sobre la superficie del agua. Quiere creer que es Jesús y se desafía a hacer lo impensable. “Señor, si eres tú, mándame ir por el agua hasta ti” (Mt 14, 28). Abandona la barca envuelto en la creencia de que puede hacerlo porque Jesús estará ahí para recibirlo. Sin embargo, una duda -el miedo ante lo desconocido, se
inmiscuye en su decisión, retira la mirada de los ojos de Jesús. Regresa a lo que conoce como fáctico. No se puede caminar sobre el agua. ¡Te hundirás! El lamento de Jesús, “Por qué dudaste. Hombre de poca fe.”

Jesús está realmente ahí –esperando- ayudándolo a él y a nosotros a hacer lo impensable.

No es uno solo de nosotros quien se siente atraído por la persona de Jesús. Nos llama para que todas, juntas, salgamos de la barca que es la realidad de la congregación, nos está invitando a una visión que se va revelando sobre cómo quiere que lo encarnemos.

Somos criaturas de hábitos. Hay cierta seguridad en tener un plan, una agenda, algo a lo cual aferrarnos.

El gran desafío para cada una será abandonar nuestros preconceptos sobre las demás, nuestra agenda para esta etapa, nuestra experiencia sobre lo que ha funcionado y lo que no funcionó, la forma como siempre hicimos las cosas –hacerlas a un lado mental y espiritualmente.

La visión de Jesús no se convertirá en nuestra visión si nuestros corazones y nuestras mentes están atiborradas con nuestras propias agendas.

Cuando el ELC planificamos esta reunión comprendimos que si creemos que se nos llama para mirar nuestra vida con una mirada y una energía nuevas, el punto inicial debía ser la forma en la cual vivimos estos días.

Entonces, iniciamos con una agenda abierta, vacía –sin temas pre-planificados, solamente la hora y la cantidad de sesiones y eso también puede cambiar.

Es un paso afuera de la barca, cómo desarrollamos siempre las reuniones. No sabemos qué resultará de todo esto.

Pero hemos depositado nuestra confianza en el Espíritu Santo y en cada una de nosotras con la seguridad de que lo que necesita surgir, surgirá.

Es un paso significativo en nuestro caminar hacia el futuro. ¡Es histórico!

Es un momento para soñar nuestro futuro y hacerlo realidad.

Se pueden estar preguntando por qué fueron invitadas, y solo puedo decirles ¡que le pregunten al Espíritu Santo!

No están aquí solamente por sí mismas. Son el nexo con las hermanas de su región y de toda la congregación. Esta reunión nos pertenece a todas.

Nos reunimos como hermanas que compartimos nuestro carisma precioso. Esperemos que nos despidamos como hermanas que han llegado para conocer a las demás en un plano más profundo, más personal.

La transformación que buscamos como comunidad se da con una relación por vez. En esta habitación hay una sección transversal de la congregación.

La forma en que nos relacionemos entre nosotras tendrá el efecto de un remolino.

Las Hermanas de la Cruz y Pasión son una comunidad y esa unidad que se siente en el plano del corazón es un componente clave para nuestra renovación-re-energización-refundación.

Si cuando estos cuatro días lleguen a su fin pueden mirar a cada hermana en esta habitación y sentir en el corazón que la conocen un poquito más, se habrá logrado algo grande.

Sobre esos cimientos de confianza, paciencia, apertura, perdón, aceptación estaremos empoderadas para hacer el trabajo duro de re-fundar y caminar juntas hacia un futuro nuevo, transformado.

Finalizamos con una oración pidiendo la intercesión de Elizabeth Prout.

Comments are closed.